el río segura

lamenté el día que pude ver bien de cerca

mis génesis en el retrovisor; camino

allende hay un llano y unos sauces,

quizás un río si me siento capaz

de oír de cerca las cacofonías de las

piedras; de aquello que arrastra

el agua y el tiempo yuxtapone

 

cuando llegué a la edad de seis,

mi tío abuelo osó darme un libro;

me vio con la desfachatez medida

y suficiente para acometer,

desde mi ingenuidad, la aventura

magna del ser humano

 

el primer libro es un viaje

y la muerte es el único final

 

cabe la posibilidad de una lumbre más,

caminando en las aguas

superiores e infinitas de la noche?

 

la penumbra es la única verdad universal

y la luz es el engaño que provoca la vida

 

sólo sin tiempo y sin ojos para juzgar el mundo

podremos ser libres

 

09/01/2015

Anuncios

¿Para qué sirven los hombres? (Michel Houellebecq)

– Él no existe. ¿Lo entiendes? No existe.

– Sí, lo entiendo.

– Yo existo. Tú existes. Él no existe

Después de establecer la inexistencia de Bruno, la mujer de cuarenta años acarició dulcemente la mano de su compañera, mucho más joven. Parecía feminista, y además llevaba un suéter de feminista. La otra parecía una cantante de variedades; en un momento dado habló de galas (o quizás de galeras, no lo entendí muy bien). Con su pequeño ceceo, se estaba acostumbrando lentamente a la desaparición de Bruno. Por desgracia, al terminar la comida, quiso dar por sentada la existencia de Serge. El suéter se crispó con violencia.

– ¿Puedo seguir hablándote de él? –preguntó la otra tímidamente.

– Sí, pero no te enrolles.

Cuando se marcharon, saqué una voluminosa carpeta de recortes de prensa. Por enésima vez en quince días, intenté sentirme aterrorizado por las perspectivas que abre la clonación humana. Hay que decir que la cosa empieza con mal pie, con esa foto de la valiente oveja escocesa (que además, como pudimos comprobar en el telediario, bala con pasmosa normalidad). Si el objetivo era asustarnos, habría sido más sencillo clonar arañas. Intento imaginar una veintena de individuos diseminados por la superficie del planeta con el mismo código genético que yo. Es algo que me perturba, sí (por otra parte, le perturba hasta a Bill Clinton, que ya es decir); pero no, no me aterroriza exactamente. ¿Acaso he llegado al extremo de burlarme de mi código genético? No, tampoco. Definitivamente, la palabra es perturbación. Después de leer unos cuantos artículos más, me doy cuenta de que ése no es el problema. Al contrario de lo que se repite de la manera más tonta, es falso que <<ambos sexos podrán reproducirse por separado>>. De momento la mujer sigue siendo, como subraya acertadamente Le Figaro, <<insoslayable>>.  Por el contrario es cierto que el hombre ya casi no sirve para nada (lo humillante de esta historia, por otra parte, es la sustitución del espermatozoide por una <<leve descarga eléctrica>>; eso nos deja por los suelos). En el fondo, ¿para qué sirven los hombres? Uno puede imaginar que en otras épocas, cuando había muchos osos, la virilidad desempeñara un papel específico e irremplazable; ahora, cabe la duda.

La última vez que oí hablar de Valérie Solanas, fue en un libro de Michel Bulteau, Flowers; se habían visto en Nueva York en 1976. El libro estaba escrito trece años más tarde; es evidente que el encuentro dejó huella en Bulteau. Describe a una mujer <<con la piel verdosa, el pelo sucio, vaqueros y una cazadora mugrienta>>. Ella no se arrepentía lo más mínimo de haber disparado contra Warhol, el padre de la clonación artística. <<Si veo otra vez a ese cabrón lo vuelvo a hacer, joder.>> Todavía se arrepentía menos de haber fundado el movimiento SCUM (Society for Cutting Up Men) y se disponía a escribir la segunda parte de su manifiesto. Luego, silencio. ¿Habría muerto? Más raro aún, el ramosos manifiesto desapareció de las librerías; para hacerse una idea fragmentaria hay que ver la cadena Arte bien entrada la noche y soportar la dicción de Delphine Seyrig. A pesar de todos estos inconvenientes, merece la pena: los extractos que he podido escuchar son realmente impresionantes. Y ahora, gracias a Dolly, la Oveja del Futuro, por primera vez se dan las condiciones técnicas necesarias para que se realice el sueño de Valérie Solanas: un mundo exclusivamente compuesto por mujeres. (Por añadidura, la petulante Valérie desarrolaba ideas sobre los temas más variados; yo anoté, entre otros, el de <>. Definitivamente, ya es hora de que alguien reedite ese texto.)

(Mientras tanto, Andy el astuto duerme en nitrógeno líquido, en espera de una muy hipotética resurección.)

Aquellas que estén interesadas deben saber que pronto podría realizarse el experimento, quizás a pequeña escala; espero que los hombres sepan desaparecer sin perder la cama. De todos modos ahí va mi último consejo para partir de una buena base: que no intenten clonar a Valérie Solanas.

© Michel Houellebecq

Todos los derechos reservados a su autor.

Autor: Michel Houellebecq

Título: “El mundo como supermercado”

Editorial: Anagrama

ISBN: 978-84-339-6142-6

Fecha de publicación: 18/04/2006

 

 

 

un eco contemporáneo

El Mundo-Twitter necesita mensajes escuetos e ideas simples. La formación como ciudadano, sin embargo, exige estudio, muchas horas de lectura y análisis, y la paciencia y el rigor suficientes para examinar cada hecho en sus múltiples matices. El Mundo-Twitter proyecta, en un eco casi infinito, oraciones enunciativas del tipo: el artículo 155 es una reliquia franquista de la Constitución de […]

a través de LA ENFERMEDAD INFANTIL DEL IZQUIERDISMO — El sosiego acantilado

la poesía será cruel o no será (iv) 

había una pareja;

muy lamentables,

ambos por igual:

viva imagen del amor correspondido

 
en el brazo del padre, lucía

una radiante niña

llena de vida y

pocas ganas de sufrir

 
la madre, parecía

no ser consciente

de nada, a todo

ponía ojos de tordo

 

papá en cambio tenía

el rostro más reconocible

de la sumisión más triste:

dios, patria y muerte

 

lo imagino por un momento

inculcando a la niña épicamente

el espíritu nacional:

“¡recuperemos nuestro mar!”

 
la niña lloró de asco y pena;

no entendía nada, él tampoco

 

por desgracia, yo sí lo entendía todo…